Sueños en los buses

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Por Juanita Hincapié Mejía

Las busetas son gallinas que picotean las avenidas para comer pasajeros. Carraspean con parsimonia, como seña premonitoria de su llegada. Están atrapadas en la ruta cíclica de su peregrinaje. Van de estación en estación para realizar la recolecta macabra.  Están destinadas a una sola misión: preservar el sistema de hormiguero que nos moviliza por la ciudad. Se alinean en el tráfico y hasta se saludan cuando pasan cerca.

En ellas, entre los trabajadores responsables que no desamparan su celular y  maletín, las mujeres malabaristas con sus estuches de maquillaje, los jóvenes que improvisan tertulias y los solitarios que clavan su mirada fija al horizonte, como absorbidos por la ventanilla, se distinguen los pasajeros que duermen, quienes entre todos, son los más pintorescos.

Realizan la tarea heroica de abandonarse en el viaje, de perderse  en los mundos que subyacen, sus ojos cerrados se convierten en trapecistas de sueños ambulantes. Quien se duerme en un bus deja a un lado el bulto de conciencia y rutinas. Tira la corbata mental, las ideas oficinistas y los brazos del reloj. La ciudad que palpita en su oído desaparece con el primer bostezo, solo queda el smog que de vez en cuando se cuela por los orificios nasales.

4:50 pm un hombre robusto, con sombrero de pescador verde aguamarina, está en un letargo profundo en el bus que va hacia Fátima y Las Colinas. Se encuentra recostado en sí mismo, con las manos abrazadas a un sobre de manila. Su respiración va en coordinación perfecta con la velocidad y los tiempos del trayecto. Frena, y su boca se cierra en un intento por apaciguar el impacto,  el cuerpo se acomoda sin perder la relajación. Acelera, y la mandíbula se descuelga, la cabeza vuelve a la seguridad del pecho.  

12:00 m la buseta que va para Sinaí lleva una pequeña pasajera en estado de trance. Sus zapatillas azules cuelgan en el espacio que hay entre la silla y el piso. La cara es de fatiga, por sus facciones se pasean los juegos del recreo y de las extenuantes clases de matemática y biología. El morral va despeinado y muy olímpico casi recostado en el suelo, enredado en sus rizos. 

Más de estos personajes aparecen a lo largo de las avenidas Santander y Paralela, en diferentes rutas y horas. Están los de bocas desesperadas, los de suspiros hambrientos, los de cara encorchada e impenetrable, los de gestos melancólicos, los idealistas, nostálgicos, escapistas,  ascetas, los de alma de yogui y los luchadores que se oponen al juego y cabecean y cabecean  en su resistencia a los parpados de yunque.

Todos bailan con la cadencia sosegada de la buseta. No importa cual, la clave no está en que especie se escoja para el trayecto. Existen busetas imponentes y prestantes,  mandrágoras, elefantes de caucho, burbujas móviles, etc. Pero todas tienen algo en común, un distintivo tan arraigado que  va engarzado en sus armatostes de metal, espíritu errante. Parecen venir de la familia de los carromatos, esos que en algún tiempo transportaron gitanos en su vida de aventura y viajes de aldea en aldea. Y aunque difieren de su estilo libertario, como mutaciones o vestigios cadavéricos, son Igualmente  atrayentes para los sueños de los pasajeros, pues cargan consigo el misticismo de su  esencia, la magia de vivir en los caminos.

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