Nos mira

Nos mira. Siete ataúdes para adultos y dos para niños protegen su elegancia. Está sentado: erguida la espalda, una pierna sobre la otra, un brazo en el muslo derecho, el otro en el descansabrazos; pantalón y chaleco oscuros, camisa blanca de manga larga, luce corbata… Cual esfinge que sentencia el destino de los hombres, este blanco caballero refrenda su estatus en su canoso mostacho mejicano. Debió nacer entre 1860 y 1880, es un ciudadano del siglo XIX que en 1921 debió tener entre 40 y 60 años.

Es José D. Arias G., propietario de “la mejor agencia mortuoria detrás de la Catedral”. Él, desde la profundidad de las cuencas de sus ojos, mira al fotógrafo, ese que captó este instante para la inmortalidad del modelo pero que quedó sepultado en el olvido, sin un epitafio por la imagen que creó. ¿Quién sería ese fotógrafo?

Esta fue la primera fotografía que publicó La Patria en su edición uno del lunes 20 de junio de 1921 hasta el viernes 7 de julio de 1922. Así que don José, vendedor de ataúdes, miraba a los 47 mil habitantes de Manizales de aquel entonces, algunos de ellos lectores del diario de casa, y solo unos pocos podían adquirir estos trajes de madera porque eran muy costosos. Ellos ya no existen.

La presencia fúnebre y tierna de don José se publicó por última vez en La Patria el viernes 7 de julio de 1922. El aviso de la esfinge fue reemplazado desde julio 28 de 1922 por un esqueleto saliendo del ataúd:

Los difuntos de rancio abolengo lucieron los ataúdes de don José en la oscuridad eterna del campo santo que los acogió, entre 1868 y 1930, sobre la Avenida Cervantes (hoy Santander), frente a la Clínica de La Presentación. Pero como en el juicio final la muerte es comunista, los paupérrimos también vistieron ataúdes en las fosas de este cementerio pero eran de la Agencia Ospina, ubicada en el barrio Las América, detrás de la vieja terminal de transporte. En 1922 los avisos en La Patria de esta Agencia, en letras hoy muertas, decían:

En este momento don José nos mira. No ha muerto. Lo podemos exhumar de la hemeroteca del Banco de la República. Él revive cuando los ciudadanos del siglo XXI espantamos los ácaros de esas páginas macilentas y él, mirándonos, nos promete ataúdes, a nosotros que somos más efímeros que el papel.

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